
El 2 de noviembre de 1879, en las costas de Pisagua, se desarrolló una de las acciones militares más decisivas de la Guerra del Pacífico. Aquella mañana, las fuerzas chilenas iniciaron un desembarco bajo fuego enemigo, en una operación que marcaría el comienzo de la campaña terrestre en territorio peruano y abriría un nuevo capítulo en la historia del conflicto.
La acción comenzó con el bombardeo de los fuertes que resguardaban el puerto. Luego, las tropas desembarcaron en medio de un terreno difícil y bajo resistencia armada, en una maniobra que exigió coordinación, coraje y un enorme costo humano. La toma de Pisagua permitió a Chile establecer una posición estratégica entre las fuerzas aliadas de Tarapacá y Tacna, abriendo además un acceso clave para avanzar sobre la provincia de Tarapacá.
Con este episodio, la guerra dejó atrás su primera fase naval para entrar de lleno en la campaña terrestre. La ocupación de Pisagua no fue un hecho aislado, sino una operación que permitió la posterior ocupación de Tarapacá y de sus cantones salitreros en un corto plazo, consolidando uno de los movimientos militares más recordados del conflicto.
La memoria histórica chilena ha destacado este hecho como una operación anfibia de gran relevancia. Fuentes del Ejército de Chile la han presentado como un hito militar, mientras que registros históricos y patrimoniales conservados por Memoria Chilena mantienen imágenes y documentos de época que muestran la magnitud simbólica y material de aquel desembarco.
Más de un siglo después, el desembarco de Pisagua sigue siendo recordado no solo como una victoria militar, sino también como una jornada de sacrificio, decisión y consecuencias profundas para la historia del norte. En esa playa azotada por el mar y el desierto se jugó una parte decisiva del destino de la guerra, en una escena que todavía permanece viva en la memoria histórica de Chile.